La decisión de comenzar a cotizar en la bolsa de valores es producto de una serie de análisis financieros y económicos, por los que está atravesando la empresa. En este artículo veremos algunas consideraciones que se tienen en cuenta para incursionar en este selecto grupo de marcas que deciden formar parte de los mercados bursátiles.

Comenzar a cotizar en la bolsa de valores se traduce en una serie de ventajas, en principio es una garantía o aval de solvencia económica, buenas prácticas de negocio y excelente reputación; seguidamente, presentarse como una opción rentable para una serie de inversores, con el objeto de atraer una cantidad líquida de capital periódico que se inyecte a sus actividades.

Lo anterior afianza el nombre y la liquidez de la empresa frente a ojos externos. Finalmente, pero no por ello menos importante, el nivel de la contratación de capital humano de envergadura o de alta confianza, significa un incentivo muy atractivo porque la compensación de estas personas suele ser complementada con porcentajes de participación sobre los resultados de la compañía.

Pero como todo en los negocios, el análisis del beneficio implica un coste paralelo. En esta situación de la que se habla, se trata del riesgo que corren las empresas al salir a la bolsa. Si al ser presentada ante los inversores resulta tener poca demanda, esto puede llegar a jugar en contra de su reputación, a pesar de tener una trayectoria y prácticas impecables.

Caso parecido cuando la marca cae en lo que se conocen como fluctuaciones de sus acciones, lo cual puede orillarla a solicitar la suspensión de la cotización, hecho que también resulta sumamente desventajoso para su reputación y trayectoria.

Para las empresas españolas su admisión en este selecto sistema de negocios, solo podrán operar dentro del citado sistema cuando sean aprobadas por la junta rectora de la bolsa, siempre que la comisión del mercado haya certificado que cumplen con todos los requisitos locales de Ley.

Empresas españolas que cotizan en la bolsa
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